Cómo cultivar la inteligencia emocional en los hijos

De generación en generación, hemos venido transmitiendo conocimientos de los padres a los hijos. A esto lo hemos llamado “educación”. Para adaptarla a cada momento, hemos ido cambiando el paradigma de los métodos docentes. En su concepto más amplio, educar implica formar a los niños para que sean ciudadanos de un futuro “Estado del bienestar” verdadero. Sin embargo, falta información para saber cómo hacerlo. Hay pocas instituciones que formen con solidez en este terreno, como lo hace el Instituto Europeo de Psicología Positiva, IEPP.

Cómo cultivar la inteligencia emocional en los hijos sigue siendo un campo ignoto o poco explorado. Hay “escuelas de padres” y otras iniciativas semejantes, no siempre con este objetivo, ni con acierto si se lo han marcado. En este aspecto, el Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP) es el mejor, se ha especializado en la materia e imparten un titulo superior de “Educar en Positivo”, del que se puede obtener más información en su web.

“Nos hemos preocupado de enseñar a nuestros hijos los afluentes de los ríos, las raíces cuadradas, los fonemas… Hemos cambiado los sistemas educativos de memorización por los de comprensión y asimilación de conocimientos. Pero seguimos sin ser conscientes de la trascendencia de enseñarles a manejar sus emociones”.

Estas palabras, pronunciadas por Dafne Cataluña, fundadora y directora del Instituto Europeo de Psicología Positiva, se referían al sistema educativo español y, en general, a las políticas docentes de más de medio mundo. “Tal carencia educativa genera frustraciones y problemas que dificultan una buena salud emocional en nuestros hijos. Es importante formarles desde la infancia, tanto en los colegios como en los hogares. Ellos serán en el futuro los adultos que conformen la ciudadanía de un auténtico Estado del bienestar”, comentaba, minutos antes de ser entrevistada en el programa nocturno “estrella” de una importante cadena de radio de ámbito nacional.


Educación, no “adiestramiento”

Normalmente se dice que los hijos llegan con “un pan debajo del brazo”, pero sin “libro de instrucciones”. Se aprende a “ser padres” conforme se anda el camino como tales. Y, en este tránsito, resulta de vital importancia tener formación para educar a las generaciones venideras.

La mera comunicación de conocimientos es “transmisión de datos”. Más que “educar”, es “ilustrar” o “documentar”. Si, además, desde la docencia se trabaja para potenciar las habilidades de los niños, es un proceso de “entrenamiento”. Cultivar las aptitudes de los chicos, a la par que los instruimos en conocimientos y los enseñamos a comportarse en sociedad, es “adiestramiento”, con vistas a su sociabilización e integración en la comunidad.

La “educación” tiene un sentido más amplio y global. Decía la antropóloga y poeta estadounidense Margaret Mead que “los niños tienen que ser enseñados sobre cómo pensar, no qué pensar”. Y el también poeta estadounidense Robert Frost, precursor de la poesía moderna sobre las emociones del hombre, que “la educación es la habilidad de escuchar casi cualquier cosa sin perder tu calma o tu autoestima”.

La educación consiste en ayudar al individuo a explorar su “yo” interior; a descubrirse a sí mismo; a encontrar, desarrollar y ejercer las capacidades latentes que, quizás, ignoraba que tenía. A crecer como persona. Radica en el “autoconocimiento” para poder ir modelando y comprendiendo las propias emociones; para trabajar y potenciar las fortalezas positivas desde edades tempranas. Algo que tradicionalmente los padres se han abstenido de hacer, bien por ignorancia o bien por confundir el respeto a los sentimientos de los hijos con esta inhibición.


Educar en positivo

¿Qué hacer para evitar que un niño tenga adicción a la videoconsola, se excite sobremanera y se estrese al jugar con ella? ¿Cómo enseñarle a aceptar la derrota, e incluso a saber ganar en un juego cualquiera? ¿Cómo impedir su frustración, en el primer caso, o su vanidad excesiva en el segundo? ¿Cómo evitar su ansiedad ante una situación determinada o una evaluación en el colegio? ¿Cómo lograr que tenga autocontrol y disciplina e interés por aprender cosas nuevas? ¿Cómo prevenir que sea víctima de acoso escolar o que hostigue a un compañero? ¿Cómo enseñarle a vencer adversidades sin entristecerse y deprimirse ante ellas?

La educación basada en las fortalezas del Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP) ofrece las respuestas y soluciones más eficaces, adecuadas a estos y otros interrogantes de los padres.

El IEPP es una entidad privada relativamente joven y muy innovadora, creada en España para introducir en nuestro país y en toda Europa la nueva disciplina que ha venido a aportar valor a la Psicología moderna, en colaboración con los colegios oficiales de psicólogos de España, asociaciones y entidades profesionales del sector. Cuenta con el aval de importantes instituciones internacionales. Su Terapia Positiva es fruto de una metodología científica, innovadora y eficaz para tratar el malestar psicológico de la persona. El IEPP potencia el bienestar; educa “en positivo”.


¿Qué es la Psicología Positiva?

Si la Psicología tradicional estaba focalizada en el análisis, tratamiento y, en su caso, en la resolución de los problemas de la persona (sus aspectos negativos y patológicos), la Psicología Positiva surgió a finales de los años noventa con una perspectiva inversa, llamada “salutogénica”.

Según su fundador, Martin Seligman, profesor de la Universidad de Pensilvania (Estados Unidos) y antiguo director de la Asociación Estadounidense de Psicología, esta nueva disciplina es el estudio del funcionamiento óptimo del ser humano, su felicidad y bienestar, que dan valor a la vida.

La Psicología Positiva de Seligman establece veinticuatro fortalezas en el hombre, agrupadas en seis grandes bloques. Primero, sabiduría y conocimiento: curiosidad e interés por aprender, creatividad, perspectiva, pensamiento crítico y reflexivo, sin prejuicios. Segundo, humanidad: establecer vínculos con los demás, interesarse por ellos. Tercero, coraje: valentía para afrontar dificultades, ser asertivo con las propias opiniones, tener perseverancia, integridad y entusiasmo. Cuarto, justicia: responsabilidad y solidaridad con la sociedad, equidad y capacidad de liderazgo. Quinto, templanza: autocontrol, prudencia, modestia y evitar los rencores. Y sexto, trascendencia: saber valorar la belleza, la excelencia; tener ilusión, sentir gratitud…

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